El sentido de la vida
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La humanidad camina hacia el abismo del sin sentido de la vida

La humanidad camina hacia el abismo del sin sentido de la existencia

Hay quienes se atreven a decir que estamos ya en el “fin de los tiempos”. La supuesta pandemia, la nefasta gestión de los Gobiernos, que especialmente en España, nos han llevado a estar en la cabeza del número de fallecidos, los planes perversos de las élites para un futuro no muy lejano a nivel global. Y no voy a ser yo la que niegue esta afirmación. De hecho, el panorama que tenemos a nuestro alrededor, no ahora, si no hace muchas décadas ya, pareciera que tendemos al final de la historia irremediablemente.

Y sí, es así, vamos hacia el fin. Porque todo lo que empieza tiene un fin, pero ¿cuándo?

Vivimos sumergidos en una historia, no olvidemos, la tuya, querido lector, y la mía, que están insertadas en un plan de amor de Dios para nosotros. Y el problema, a mi entender, está, aquí, en que se ha olvidado, o mejor dicho, se ignora, esta cuestión elemental que sostiene y fundamenta la humanidad.

La búsqueda del sentido de la vida

Nuestro vivir día a día nos hace entrar casi involuntariamente en la búsqueda del sentido de todo aquello que llevamos entre manos, de nuestros proyectos. Lo propio de todo ser humano es que tarde o temprano, surja esa pregunta fundamental que todos llevamos en nuestro interior: El sentido de nuestra existencia.

El deseo de saber, de comprender, de descubrir y experimentar… el anhelo profundo de colmar nuestra vida de felicidad, nos empuja a buscar ese sentido de nuestra vida.

La busqueda de la felicidad

Esa búsqueda de la felicidad nos lleva a aferrarnos a aquello que creemos nos la puede aportar. Es más, llegamos a pensar que la felicidad es obtener eso… eso que nos da bienestar, una vida relajada, con el mínimo posible de problemas y sufrimientos, una vida asegurada, y por ello pagamos buenos seguros… Pero, ¿qué nos estamos asegurando?

Cuando nos topamos con alguna dificultad: una enfermedad, un problema laboral o familiar, una crisis económica o incluso un virus que amenaza invisiblemente con matarnos, nuestra vida se tambalea y nos invade el pánico. No somos capaces de afrontar y aceptar esa situación con madurez. No. En lugar de eso, tratamos de huir. Huir de la realidad, realidad que te persigue aunque tu pienses que la has esquivado ¿hasta cuándo vas a seguir huyendo?

Vemos a nuestro alrededor a padres que colman a sus hijos de todo tipo de demandas y caprichos, padres doblegados a la voluntad de esas pequeñas criaturas que pronto, a seguir así, se convertirán en unos auténticos narcisistas.

De esta manera, no nos puede sorprender que haya padres, educadores y especialistas bien cualificados, que aplaudan y animen a un niño que “desea” cambiarse de sexo. Parece ser que decirle al niño que eso no es posible supone frustrarle para siempre y eso es inconcebible en una mentalidad sentimentaloide, blandiblú y relativista.

¿Acaso en el ser humano tan sólo prevalecen los sentidos externos, los sentimientos? ¿Quiénes somos las personas?

Según la ideología de género somos un ser neutro cuyo sexo vendrá decidido por el que la persona desee construirse libremente.

Según la corriente de pensamiento ecologista, somos prácticamente similares al resto de los seres vivientes, un ser más conformado por los elementos de la naturaleza. Es más, incluso somos nosotros, según algunos proclaman, los monstruos que destruimos nuestro planeta, por lo que hemos de desaparecer para dejar a los pobres seres vivos no humanos y a las siguientes generaciones seleccionadas de personas, que puedan disfrutar del planeta.

Y según el relativismo, todo es posible, porque la realidad está formada por “tus sueños y creaciones

¿Dónde ha quedado entonces nuestra dignidad creados a imagen de Dios, Hijos suyos y coherederos de la vida eterna?        

Asumir esos postulados es despreciar a Dios y por tanto a nosotros mismos como criaturas suyas.

La espiral egocéntrica de esta sociedad postmoderna, le imposibilita a la persona abrirse al más allá, a la transcendencia. Su vida está anclada en lo material y tangible, encerrada en un pozo sin salida.

El hombre vive centrado en su “yo” egoísta, vive para sí, trabaja para sí, persigue ideales o fines para autorrealizarse. Sus ansias de felicidad innatas, le lleva a confundirla con el placer fácil, el éxito rápido, un presente satisfactorio inmediato. Es incapaz de pararse a pensar, analizar y esperar.

Esta “egolatría”[1] iría en contra radicalmente del propio sentido del ser humano, pues estamos creados por amor y para amar, para darnos a los demás, realizándonos en el darnos por amor más infinitamente, que buscándonos a nosotros mismos.

En esta sociedad “líquida”, que desprecia las tradiciones y avanza hacia un progresismo demoledor, los impulsos dirigen las acciones de los hombres que viven agazapados e imbuidos en sus pequeños mundos emocionales.

Los sentimientos capitanean las decisiones sin una lógica racional que las sostengan, llevando necesariamente a los pasajeros de esta gran nave, hacia un naufragio lento e invisible. Y tienen tanta fuerza en esta cultura gelatinosa, que son capaces de lanzar un jaque mate a las verdades más puras y objetivas, sostenidas desde siglos atrás, que fundamentan la existencia y el sentido de la vida de las personas.

Entonces, continuando con nuestro dilema aquí planteado, volvemos a interrogarnos

¿Qué es el hombre? O dicho de un modo más correcto ¿Quiénes somos las personas?

Benedicto XVI lo exponía brillante y claramente en una ocasión:

“El hombre es un ser que alberga en su corazón una sed de infinito, una sed de verdad no parcial, si no capaz de explicar el sentido de la vida, porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios”.

Presenciamos, demasiadas veces impasibles, un mundo que niega a Dios porque ha hecho suyas las palabras de Nietzsche “Dios ha muerto, poniendo al ser humano en su lugar, olvidando que es limitado y mortal.

Un mundo relativista donde “tú” verdad y “mi” verdad se enfrentan inexorablemente. Sin hacer distinciones entre el bien y el mal, la mentira se confunde con la verdad. Un mundo antropocéntrico donde lo transcendental es considerado un mito absurdo. Lo terreno desbanca a lo espiritual y eterno.

Para los fanáticos totalitarios que imponen sus pensamientos, la única verdad es la suya. Y, por ende, no pueden aceptar que exista por encima una Verdad más allá universal, salvadora y dada gratuitamente a todos por igual.

El Dios creador ya no existe porque somos nosotros los que decidimos qué o quiénes queremos ser… y así nos va… La soberbia del pecado original se ha apoderado como un corrosivo cáncer en el pensamiento débil y adoctrinado durante décadas, de gran parte de la población. Porque esto no ha venido por casualidad. Hace siglos, gracias a diversos pensamientos como el racionalismo que nos trajo la ilustración, el relativismo ya mencionado, tele basura, la propaganda mediocre y la educación formal ideologizada, entre otros métodos, llegamos a la destrucción de los valores cristianos en favor de una nueva doctrina cual religión universal que todos van asumiendo como fieles devotos.

En el nuevo orden mundial no tiene cabida el cristianismo.

Las bases fundamentales de las creencias cristianas se tambalean ante el “gran dragón” que devora a sus víctimas. Caerán en sus fauces aquellos que no conocen el sentido de sus vidas deambulando sin rumbo fijo al son de la música que tocan otros.

Y no son pocos los creyentes que se han dejado arrastrar por un cristianismo light, construido al antojo y deseos de cada cual según los intereses personales. Cuyos rostros sostienen una máscara hipócrita de putrefacción contaminada por las mentiras del Demonio que domina este mundo. Desmontándose a pedazos dejando al descubierto un montón de huesos secos[3], sin alma y sin sentido.

¿Quién es el hombre para que te acuerdes de él? Nos recuerda el salmo 8.

Hay luz, aún hay luz para los que se arrastran como zombis. Para todos aquellos que gritan pidiéndole inútilmente al Estado la salvación. Hay luz para todos aquellos que gritan sin saber siquiera si ya merece la pena continuar gritando porque ya nada les importa. Y hay luz para los que gritan sin voz en algún rincón escondido de esa oscura cueva sin fondo, en la que se hayan sumergidos.

Sí, hay luz porque Cristo ha vencido las tinieblas y nos trae la luz al mundo. El sentido de la vida.

Porque Dios es el Juez de jueces, el justo que hace justicia con su misericordia. Su ley es el amor hacia todos sin excepción.

Sal de tu tierra”, de tus ideas, de tu “yo” y déjate llevar por el camino que Él te mostrará. Sal de ese mundo construido con ladrillos de ideales superficiales, derriba ese muro que te han inducido a alzar en torno a tu orgullo, con tus prejuicios y etiquetas. Esa barrera que te impide llegar al verdadero camino que te conduce hacia el fin primero y último de tu vida. Que te transporta hacia las aguas que colman tu vida de felicidad verdadera.

Entonces, sólo entonces, podrás experimentar el tierno, incondicional y eterno amor de Dios que te dará el sentido que buscas de tu vida.

Un saludo, la Paz y hasta muy pronto

ALICIA BEATRIZ MONTES FERRER

[1] Papa Francisco.
[2] Profecía de Ezequiel.

2 Comentarios

  • Ana

    Es obvio que el ser humano si influye en el planeta. Por ejemplo de dónde sale todo el plástico y basura que se acumula en los océanos? No creo que se genere espontaneamente ahí…

    Que pasa con la perdida de bosques por tala indiscriminada? No es eso también causado por el ser humano? Que yo sepa ningún animal tala árboles…

    No es cierto que en algunos lugares se caza indiscriminadamente y por diversión? Y qué eso está acabando con algunas especies de animales?

    La solución? Acabar con el materialismo que existe, acabar con el usar y tirar, reducir los envases, proteger los bosques, prohibir la caza por diversión.

    • Alicia Beatriz Montes Ferrer

      Hola Ana. Entiendo todo lo que comentas. El hombre evidentemente influye en el planeta para bien y para mal.
      Pero has de tener en cuenta que la mayor amenaza no viene de las acciones concretas que mencionas. Las grandes industriales internacionales generan enorme cantidad de contaminación atmosférica así como de las aguas y sus propios dueños no hacen nada por evitarlo, los cuales son las élites que van a las conferencias internacionales de la ONU para concluir que la culpa es de los ciudadanos y el aumento de la población.
      Se podría hacer mucho por la naturaleza, cómo plantar miles y miles de árboles, pero no sé hace ni lo permiten en muchos lugares.
      Se podrían sustituir materiales contaminantes por otros, pero hay muchos negocios como siempre por medio.
      Prohibir la caza no es la solución, eso suena dictatorial, y se hace con exhaustivo control, distinto es que haya cazadores furtivos igual que hay delincuentes, pederastas o violadores.
      Las políticas medioambientales no van en la línea de cuidar el planeta simplemente por amor a este. Buscan intereses económicos y lo disfrazan por medio de palabras que suenan muy bien.
      El ser humano si mantiene sus principios connaturales, que nos vienen por la Ley natural que Dios ha inscrito en nuestro corazón, el amor, sí hace las cosas con cuidado y respeto. Cuando esto falta aparece el egoísmo. Pero es injusto hacer recaer la culpa de la degradación ambiental a la humanidad entera tan sólo por existir.

      Muchas gracias por tu aportación.
      Un saludo.

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