José era un chico que vivía solo en una cabaña. Sus padres habían fallecido hacía tiempo y él tuvo que aprender a vivir sin ellos.
Un día, le llegó un mensajero del nuevo Rey de la región donde vivía, pues ese Monarca se había enterado que ese chico vivía solo y quería ayudarlo, porque le entristecía mucho esa situación. En la carta real, se solicitaba la presencia de José para darle un gran regalo. El camino hacia el castillo del Rey era largo y José no tenía otros medios que sus pies para llegar.
Sus vecinos, al enterarse de la gran noticia, le recomendaron que no fuese solo, pero José, que siempre presumía de valiente y autosuficiente, les dijo que prefería ir sin compañía de nadie porque sabía perfectamente solucionar sus problemas.
José comenzó a andar con gran ilusión y energía, sin embargo, pronto surgió la primera dificultad.
Se encontró un gran agujero que estaba oculto entre matorrales y cayó en él. La caída le provocó algunas heridas y no conseguía salir de ahí por mucho que lo intentaba una y otra vez. Gritó durante mucho tiempo pidiendo ayuda, y cuando ya amanecía, apareció un señor que le socorrió y curó las heridas para que pudiera continuar su camino.
Habían pasado unos días en los que José disfrutó feliz de paisajes maravillosos a su alrededor, cuando, de repente, una plaga de mosquitos comenzó a picarle por todo el cuerpo.
José se adentró rápidamente en una cueva huyendo de esos insectos, y ahí se refugió, pero las heridas que le habían causado les dolían, picaban bastante y hasta le provocó subida de fiebre, por lo que no pudo continuar su camino hacia el castillo del Rey. Intentó el solo curarse con agua o algunas plantas que encontró … pero sin éxito, por lo que gritó fuertemente pidiendo ayuda, y de esta manera, agotado, se quedó dormido.
Al amanecer se despertó y comprobó que ya no le dolía nada. Las heridas estaban cubiertas por un mejunje de plantas que les habían curado. Así que, con la duda de quién le habría sanado, continuó contento su camino.
Cuando José se estaba acercando a su destino, tropezó con una enorme piedra que estaba en el camino. Con la caída, un hueso se le rompió. El dolor era tremendo y no podía levantarte. Se estaba haciendo de noche y escuchaba cercanos aullidos de lobos y sonidos de otros animales. El miedo se iba apoderando cada vez más de él. En la noche fría tan solo se escuchan esos sonidos de los animales salvajes y su llanto.
Así se quedó dormido y cuando José abrió los ojos, estaba sobre una cómoda cama. Un inmenso aroma a flores inundaba todo a tu alrededor. Se dio cuenta que todavía le dolía la pierna cuando intentó levantarse, pero una dulce música procedente de una habitación continua a donde estaba, le animó a hacer un esfuerzo para dirigirse hacia allí cojeando. Al entrar, sus ojos contemplaron algo maravilloso: un gran rey estaba sentado en un trono deslumbrante y a su alrededor muchos ángeles tocaban instrumentos mientras danzaban alegres.
El rey le pidió que se acercara, y con timidez José le preguntó cómo había llegado hasta allí. Con gran solemnidad, pero con dulzura, el rey le explicó que desde el primer momento que José comenzó a caminar hacia el castillo, él había estado a su lado durante todo el camino. Entonces José comprendió que Él, ese rey majestuoso, era el señor que le había sacado del agujero profundo, que le había curado las heridas de los insectos y que le había salvado del peligro de los animales salvajes.
Comprendió que el premio que ese Rey le había prometido era el saber que siempre podía contar con Él, con su presencia, con su ayuda y que solo no podía solucionar algunas cosas.
El Rey se levantó de su trono y le abrazó con un amor tan inmenso como nunca José lo había experimentado en su vida. Entonces, sintió que su pierna se curaba y que una gran paz llenaba tu corazón.
Moraleja del cuento:
El protagonista del cuento, José, es una persona cualquiera como nosotros. El camino que hace es el camino que hacemos en nuestra vida cada día y el castillo es la Iglesia. José encontró dificultades que no podía solucionar él solo. Esos son los pecados que nos van hiriendo el alma. José necesitó ayuda para curar esas heridas, al igual que nosotros solos no podemos perdonarnos los pecados.
Los pecados los confesamos a Dios, que está representado en el sacerdote, porque el pecado hiere, no solo nuestra alma, sino también a toda la Iglesia, y a Dios. Al igual que observamos cómo el rey se apenó por la situación de José, Dios se entristece cuando tenemos pecados, por esto nos llama para que nos pongamos de camino hacia Él, hacia la Iglesia, donde recibimos el sacramento de la confesión o reconciliación. Dios no quiere que vivamos sufriendo dolor por esas heridas de los pecados, por esto el Rey llamó a José y lo curó, por lo que experimentó una gran paz y felicidad en su corazón, al igual que nosotros cuando confesamos los pecados al sacerdote en el sacramento, reconociendo que nosotros solos no podemos curarnos.
La confesión es como ese gran abrazo del rey con José, es el eterno abrazo que Dios nuestro Padre nos da cuando nos acercamos a Él para que nos cure del pecado.
Un saludo, la Paz y hasta el próximo capítulo:
Alicia Beatriz Montes Ferrer
Puedes ver este cuento con imágenes muy bonitas en el Canal de YouTube @tuescuelacatolica2020
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